El blog de la zoocióloga que quería ser escritora

EN OBRAS - Este blog nació de la necesidad de sacar a fuera mi mundo interior, una herramienta que me ha ayudado a aprender a expresarme y transmitir mis sentimientos y sensaciones. Escribir me ha hecho persona y siendo persona he conseguido evolucionar hasta el punto donde me encuentro hoy, en pleno proceso de evolución.

31 agosto, 2012

Gris, gris... tirando a negro

He olvidado sonreír. He olvidado el cómo y el porqué. Llevo varios días de un gris tirando a negro que no me gusta lo más mínimo. He perdido la luz con la que solía brillar antaño, la he dejado en algún lugar que no recuerdo. ¿Alguien ha visto mi luz? ¿Alguien ha visto dónde he puesto mi sonrisa? Necesito reencontrarme con ese tipo de detalles que hacían que la vida mereciese, y mucho, la pena.
Hoy pienso en una frase que me encanta, "dame un punto de apoyo y levantaré el mundo"... pero ¿dónde está mi punto de apoyo? No atino a encontrarlo y lo necesito, si lo ves dile de mi parte que vuelva.

03 agosto, 2012

Un cuento chino

- ¡Nos están siguiendo, Carol!
- ¿Dónde?
-  Gírate despacio y mira a ese chino que viene hablando por el móvil.
- ¡Noooo! Déjate de bromas que con esta gente hay que tener cuidado. A lo mejor es amigo de los vecinos y vete tú a saber lo que le está diciendo por el móvil.

- "Estoy siguiendo a las vecinas del sexto, bajan por la calle Barcelona y giran a la derecha a llegar a Povisa"... seguro que les está diciendo eso, a ver si le damos esquinazo de una vez. - hago una pausa y miro hacia la acera de enfrente, señalo sutilmente con el dedo y exclamo - ¡Nos están rodeando, Carol! No tenemos escapatoria.
- ¿Qué dices, tía?
- Mira ahí enfrente, esa pareja de chinos... nos están siguiendo y nos rodean. ¿Qué hacemos? - y ahí ya me empiezo a reír porque sé lo impresionable que es mi compañera de piso con estas cosas.
- ¡Qué boba eres! No me vaciles con estas cosas.

Resulta que tenemos unos vecinos chinos debajo de nuestro piso. ¿Cuántos? No lo sabemos exactamente, yo he contado siete por lo menos. Llevan instalados en el edificio unos tres o cuatro meses, y disculpad mis palabras pero no han dejado de tocar los cojones (y eso que en casa somos dos chicas y no gastamos de eso). Os preguntaréis porqué sé que al menos hay siete chinos en aquel piso (algunos se preguntarán como los diferencio si son todos iguales), pues veréis: la primera vez que bajé a llamarles la atención para que dejasen de dar golpes en las paredes a las once y pico de la noche me atendió un matrimonio mayor, él un hombre delgado con canitas y ella (supongo que debía ser su mujer) una mujer con gafas de una edad similar, segundos después de la primera apertura de puerta de los vecinos viene un niño de unos dos años. Ese día los señores muy amablemente entiende el mensaje que les quiero hacer llegar, piden disculpas y son consecuentes dejando de hacer ruido.


Tres días después de mi primer toque de atención, un miércoles por la noche. El ruido que hace por la noche hace imposible conciliar el sueño, encendida por lo que parecía ser unos golpes de martillo en la pared decido bajar a darles un segundo aviso. Esta vez me sale la mujer de la primera vez y otra más joven que dice ser la madre del niño pequeño que había conocido en la primera visita. Esta vez el niño sale con una raqueta de madera en la mano (lo que común mente se conoce como palas de playa) que era lo que provocaba los golpes. La madre del chinito se disculpan:

- Lo siento pero es que tengo un niño pequeño...
- Mira, la vecina del cuarto tiene tres niños y no los escucharás dar golpes ni gritos. ¡Que tú tengas un niño no significa que los vecinos tengamos que sufrirlo así que haz el favor y quítale la raqueta de la mano que está dando golpes en la pared! - ahí estaba visiblemente enfadada con su comportamiento. Los niños hace lo que sus mayores le permiten, lo sé porque he visto crecer a mi ahijado y a su hermano. Me despedí diciendo:

- Espero que mañana no tenga que volver a llamar la atención, porque el domingo estuve aquí por el mismo motivo.
- Chiii - respondieron estilo chino sonriente, cosa que me produjo más cabreo si cabe.


Carol había bajado conmigo a llamarles la atención, se quedó durante toda la bronca detrás de mí y cuando subimos a casa me dijo:
- ¡Qué mala hostia tienes!
- No es para menos... - sentencié.

Esa noche pudimos dormir medianamente bien. En días posteriores los vecinos asiáticos más odiados de todos los tiempos siguieron tocando la fibra pero con menos empeño. Hasta que un día que estaba sola en
casa los golpes volvieron a nublar mi cabeza. Bajé enfadadísima y les timbré repetidas veces hasta que me abrieron, dos mujeres de entre treinta y cuarenta años me abren la puerta, dos niños pequeños se asoman y les digo que dejen de hacer ruido de una vez por todas, que son muy molestos. Se disculpan de nuevo y me vuelvo a casa, el efecto les dura bien poco porque a los pocos días vuelven a lo mismo. Ruidos constantes, golpes y gritos, carreritas por el pasillo y yo deseando matar a alguien. Bajo pues más enfadada que nunca y me abre un chinode entre treinta y cuarenta años, muy moderno él, amablemente me pide disculpas y me dice:

- Yo es que trabajo por el día y llego a esta hora - aclararé que era las once y media de la noche - y además tengo un niño.
- Ya no es la primera vez que os vengo a avisar de que molestais. Me da igual a qué hora trabajes tú, aquí hay gente que madruga y si te hacen ruido a las seis de la mañana igual no te hace gracia.
- Pues no - dice el chino.
- ¡Pues a ver si somos un poco más civilizados y respetáis a los demás vecinos, que hay gente que madruga!
- Peldón - dijo el chino.

- No quiero tener que volver a bajar porque entonces lamaré a la policía.

- Vale.

Enfadada me di la vuelta y me metí en la cama. Al día siguiente escribí una nota de aviso a los chinos, dudando si sabrían o no leer en nuestro idiamo, pero aún así lo hice. No la imprimí hasta que días después, estando mi compañera de vacaciones, les dejé una copia en el buzón y otra por debajo de la puerta. Todo lo realizado hasta ese momento no tenía efecto de ningún tipo, hace a penas una semana tras varios días molestando por las noches bajo a timbrar. Para mi sorpresa nadie habre, a través de la puerta se escuchan siseos de silencio,apagan la tele (o la radio) y hacen como que no hay nadie. Les timbro reiteradamente y nadie habre, puedo observar que a través de la mirilla se asoma alguien y el niño se pone a hablar diciendo "hola, hola, hola" a lo que los mayores responden pidiendo silencio. La situación me enerva más si cabe y timbro una tercera vez como si me hubiesen pegado el dedo al pulsador. No hay respuesta. Observo que la puerta del domicilio chino está forzada, la madera de la cerradura está desbastada como si hubiesen tratado de apalancar la puerta.


Subo a casa enajenada mental y me pongo unos zapatos de tacón, me paseo reiteradamente por el pasillo haciendo especial ruido y a la vez boto una pelota de golf para tratar de hacer entender a los vecinos de abajo lo mucho que pueden llegar a moletar con sus carreras y gritos. Enfadada me meto en cama y consigo dormir un rato. Poco después me despiertan con lo que yo considero que son carreras por el pasillo (a veces me pregunto qué le darán al niño para que tenga esa energía a altas horas de la noche). Decido llamar al 092, la policía local que amablemente me explican que ellos no pueden hacer mucho, solo hacer mediciones de ruido y dejar constancia de mi queja pero que si tengo que tomar medidas legales tiene que ser a título personal. Cansada de tanta historia decido tratar de domir, esa noche lo consigo sin más sobresaltos.


Un par de días después vuelve mi compañera de piso que estaba de vacaciones y queda con el casero por el tema del contrato de arrendamiento, de paso le comenta lo molestos que resultan los putos chinos de los cojones (perdón por la expresión pero quiero enfatizar el sentimiento que me producen) y le cuenta también cómo está la puerta. Antonio decide ponerse en contacto con la presidenta de la comunidad y hacerle llegar nuestras quejas, resulta que no somos los únicos que le han ido con "el cuento chino" (uno de terror). Cuando terminan todas las gestiones Antonio se va a su casa y pasa por el rellano del quinto a ver el estado de la puerta, se sorprende y se queda con el detalle. La presidenta contacta con el dueño del piso que dice que se pasará por allí a revisar que todo esté en orden.


Hace cinco días volví a llamar a mi casero a las once de la noche:
- Los chinos están haciendo ruido, Antonio, no me dejan dormir.
- Pero... ¿no han parado todavía?
- No, y esto empieza a ser desquiciante.
- Pues he hablado con el dueño del piso que vive en Ourense, dice que va pasarse por ahí ya que quiere echar a la familia china.
- Dios te oiga, - le dije utilizando una de las expresiones que más usaba mi abuela- son un puñetero incordio... si los pillo por el pasillo tal y como estoy ahora les parto la cara.
- Qué enfadada estás - me dice bromeando.
- Te invito a pasar una noche en tu antiguo domicilio, verás si te enfadan o no.
- Bueno seguiré trasladándoles vuestras quejas.
- ¿Tienes el teléfono del dueño del quinto?
- Sí pero no te lo doy que tú eres capaz de llamarle.
- Por supuesto que le llamaría, estaría tocándole las narices tanto como sus inquilinos me la tocan a mí.
- Habrá que tomar medidas legales entonces...


Y tras haber hablando de otros temas menos relevantes que no vienen al caso nos despedimos y yo fui a timbarles de nuevo a los chinos. Como era de esperar, siseos pidiendo silencio y puerta cerrada. "No me abren estos capullos" pensé y volví a casa. Me dormí sin mucha dificultad. La noche siguiente, más de lo mismo. Hace dos días me encontraba yo en la sala tomándome dos naranjas de merienda, de pronto suena el timbre y me asomo a ver quién es. Para mi sorpresa era Teresa, la mujer de Antonio y la dueña del piso donde vivo, le conté que de nuevo estaban molestando los puñeteros vecinos y que me estaban llevando a un punto de tal crispación que cualquier día sería protagonista de la página de sucesos.

- Pues vaya, hija... ya hemos hablado con el dueño y dice que tomará cartas en el asunto.
- Lo estoy deseando, Teresa... me tienen loca perdida esta gente...

- Te diré que cuando nosotros vivíamos en el edificio y el dueño del quinto también vino en dos ocasiones a montarnos un pollo por problemas de ruido. La primera vez fue porque mi hija iba a salir y se había puesto los tacones en el baño, no tardó nada el señor en subir a decir que estábamos molestando con el taconeo - tengo que contaros que desde el baño hasta la entrada, tirando por lo alto, hay unos quincepasos- y la otra vez fue porque el bebé de mi prima, que se encontraba pasando unos días en casa, estaba enfermo y empezó a llorar a las once de la noche.

- Pues siendo el dueño tan "exquisito" para los ruidos no entiendo cómo ha metido a unos vecinos tan molestos a vivir ahí. - Hablamos unos minutos más y Teresa se fue con su hija, yo me quedé en casa terminando de merendar. Esa misma noche los chinos volvieron a molestar estando yo sola en casa, cogí una de las copias de la nota que había escrito tiempo atrás y la pegué en el ascensor para que la viera todo el mundo.


Ayer por la noche la última gota colmó el vaso de la paciencia. Tras una tarde en familia (con mi hermana, mi madre, mi sobrino y mi tía) de paseo fuimos a cenar unha hamburguesa "súpergigante", cuando el camarero la trajo a la mesa todo los conmensales nos quedamos atónitos ante tal tamaño. Después de cenar mi familia se fue a Ogrobe, Carol y yo decidimos hablar con el vecindario. Primero timbramos en los quintos, los chinos como era esperable no abrieron la puerta, en los otros tres pisos no había nadie. Bajamos al cuarto, timbramos en que está justo debajo de los vecinos ruidosos y tampoco había nadie.

Llamamos a la puerta de al lado y nos atendió un chico muy amable que no sabía bien quién era la presidenta de la comunidad, le contamos nuestras quejas y él se solidarizó con nosotras ya que de vez en cuanto tenía que sufrir las consecuencias de los chinos. Timbramos también los dos pisos del otro lado del pasillo del quinto pero no hubo suerte.


Como el chico del cuarto "C" nos dijo que creía que el presidente era el del primer piso decidimos timbrar allí. Los vecinos del 1ºA son estupendos, se solidarizaron con nosotros y se ofrecieron a participar activamente en nuestras quejas. Nos contaron que los dueños del 4ºD (justo lo que están debajo de los chinos)  se habían quejado en repetidas ocasiones de los ruidos, nos dijeron que tenían un mesón en
la zona y nos animaro a hablar con ellos. Ellos nos contaron que la presidenta había puesto una nota en el ascensor y yo les conté que no había sido ella sino que había sido yo. El señor hizo un gesto de aprobación y dijo "así lo sabrán todos". A esa hora de la tarde la nota del elevador había desaparecido misteriosamente y tras haber ubicado al mesón de los vecinos nos despedimos del matrimonio y salimos a la calle.

A medida que bajábamos por la calle en dirección al mesón dio la casualidad de que un chino joven nos  seguía hablando por el móvil y un matrimonio de la misma nacionalidad paseaba por la acera de enfrente. Yo, que soy muy vacilona, intenté poner nerviosa a Carol diciéndole que nos estaban siguiendo los chinos y que nos atacarían si pasábamos por un callejón oscuro. Ahí me dio la risa y la tomadura de pelo se me vino abajo enseguida.


Continuará... en el próximo capítulo: la intervención de la policía.